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29 de marzo 2009

Carlos Malamud escribió un brillante artículo sobre la reelección en Latinoamérica, que es perfecto para valorar las pretensiones de convocar constituyentes, instituir la reelección presidencial y darle más poder al Ejecutivo.

Fue Byas, uno de los Siete Sabios de Grecia, quien primero vio lo corruptor del poder. Dijo: “El poder revela al hombre”. Porque no solo despierta monstruos dormidos –o no tan dormidos– en el gobernante, sino que, como el oso, probadas las mieles no se quiere dejar el panal.

El deseo de anclarse en el poder trasciende fronteras, diferencias políticas e ideológicas. Aunque hay excepciones –como Lula, a pesar de su popularidad–, esa es la gran tentación, especialmente cuando el político se cree predestinado a salvar la patria y que es el único capaz de lograrlo gracias a sus luces y conocimientos, a su liderazgo y a una imaginaria capacidad profética.

En Latinoamérica pululan estos “indispensables”. En Honduras el presidente Zelaya está por convocar una Constituyente para instituir la reelección. Algunos se indignan cuando quienes lo hacen son Hugo Chávez y Evo Morales (Evo, más cándido, confesó que llegaba al Gobierno a quedarse para siempre); pero callan si es alguien de su gusto. Todos olvidan que la presidencia no es un zapato para adaptarlo a ningún individuo, sino una institución al servicio de la democracia y no del continuismo.

Lo mismo hizo Perón en el 49 y Ménem en los noventa. Fernando H. Cardoso, que cuando académico se oponía, como presidente cambió la Constitución y se reeligió. Igual Álvaro Uribe en Colombia y Fujimori en Perú. En Paraguay Nicanor Duarte había declarado que reelección jamás, pero, ya presidente, la reclamó. Fernando Lugo, que tanto atacó a Duarte, ahora dice que, si el pueblo se lo pide, él aceptará el sacrificio.

Esta picazón por el poder ¿será la razón para que aquí, a destiempo y pidiendo más facultades para el Ejecutivo, no para el pueblo, se trajera tan jalado del pelo el tema de la Constituyente? Sería en el peor momento: en medio de una crisis global y cuando la agenda ciudadana reclama cuestiones muy distintas. La verdad es que se gobierna mal porque no se sabe gobernar, no por culpa de la Constitución.

Una Constituyente no es para saciar las ambiciones de nadie. Es para beneficiar al pueblo, que no pide tanto más democracia como mejor democracia; que quiere limitar el poder, ponerlo a su servicio y bajo su efectivo control; no como ahora, que es al revés. Hoy una casta electorera, plagada de redes familiares, mantiene al Estado a su servicio, mientras las necesidades del pueblo, que ese Estado debiera resolver, se olvidan y desatienden.

Publicado: La Nación, 29 de marzo 2009