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26 de abril 2009

La escogencia del posible próximo presidente legislativo bajo el diktat del presidente Arias, en una reunión que combinó sumisión, falta de respeto a la investidura diputadil y ausencia de dignidad institucional, muestra lo peligroso de una reforma constitucional que le dé más poder al Ejecutivo. Si este no adelantó su agenda, no fue por la oposición, sino porque su tozudez impidió dialogar con ella y convencerla.

Ir en rebaño a Casa Presidencial para que el Presidente les escogiera el candidato es uno de los actos legislativos más penosos de los últimos años, aunque en los ambientes domesticados no se haya visto como una afrenta a la República. Aquí la forma dice del fondo. Es el reconocimiento de que las funciones de contrapeso, control de los poderes y balance crítico de la gestión presidencial no existen en el oficialismo. Las fronteras entre poderes, más que desdibujarse, se borraron.

No es que el Ejecutivo no deba interesarse en quién presidirá la Asamblea, ni en tratar de influir en sus diputados. Eso es natural. Pero hay maneras de hacerlo. Sobre todo, hay límites que solo se pueden traspasar si enfrente no hay nadie con valor de protestar contra el atropello. Es la violación de esos límites lo que convierte un acto normal en uno degradante. De allí que los bonapartistas –grandes y pequeños– lo hayan usado para subirse al pedestal que les brindan las sumisas espaldas ajenas.

Que fuera el Presidente quien decidiera por ellos, ofende la investidura de representantes por la nación , pues de hecho se autodeclararon subalternos institucionales del Ejecutivo. Esto, desde ese ángulo, es indigno, porque por Constitución, el Legislativo es un poder independiente y un contrapeso de los otros poderes, en especial del Ejecutivo. Su vida interna es propia e indelegable y mal hacen quienes han puesto la escogencia de su presidente –cuestión esencial de su estructura y funcionamiento–, justo en manos de quien debían controlar y vigilar. El que no haya vicepresidentes es mal argumento . A esto llegamos porque el Presidente cree que el Ejecutivo es solo él. Por eso, este nuevo menoscabo a la división de poderes y la dignidad legislativa, es reflejo también de una distorsión personalista sobre la naturaleza del poder político y de la Presidencia como institución.

Mi protesta republicana no tiene que ver con don Francisco Antonio Pacheco, sobre quien tengo la más alta estimación intelectual y personal. El tema es estrictamente institucional. Esta abdicación en el Ejecutivo de la fracción oficial, de sus derechos, obligaciones y competencias exclusivas e irrenunciables, exige ser repudiada. Si no por ellos, al menos por el futuro de nuestra democracia.

Publicado: La Nación, 26 de abril 2009

19 de abril 2009

Ahora resulta que para la empresa finlandesa lo importante no era venderle al Seguro Social sus productos, sino demostrar más utilidades ante la General Electric que la estaba comprando. Según el contrato, GE debía reconocer una alta suma por cada millón de ganancia que se le mostrara; y al lograr $10 millones con las ventas a la CCSS, estos redituaron entre $125 y $130 millones más para sus accionistas. Para lograrlo bajaron al Infierno, pero no solos sino bien acompañados. Ni Caja-Fischel, ni Alcatel-ICE y ni siquiera la estafa de Madoff por $54 mil millones, deben extrañar. Son los efluvios naturales de un “capitalismo salvaje” para el que solo la ganancia justifica los medios.

Cuando el presidente de Francia clama por un “nuevo” capitalismo, ético y social, pero resulta mezclado con Vincent Bolloré, jefe de uno de los grupos que se reparten África, es tan poco creíble como cuando los exsocialdemócratas criollos, hoy acongojadamente neoliberales, rezan letanías sobre justicia social y paz con la naturaleza, mientras permiten la minería a cielo abierto, la destrucción de las costas y los festines financieros, con mexicanos o no.

La crisis acabó con dos mitos: que la intervención del Estado es mala en sí misma y que el liberalismo nada enseña sobre la dinámica económica, los mercados, los monopolios, etc. Pero ni uno ni otro, ni los dos juntos, son capaces de responder a los retos del presente.

Los gurús neoliberales claman hoy por “papá” Estado y la nacionalización bancaria. Los exsocialdemócratas criollos, que disfrazan mal su neoliberalismo, dan gracias de que su afán privatizador no pudo vender todas las joyas de la abuela , como las llamó Carazo, porque así pueden usar desde los bancos hasta el Consejo de Producción para parlotear de política social y protección al productor nacional.

Pero nuestros “dirigentes” siguen copiando todo. Nuestro camino no es el de Taiwán, Nueva Zelanda, Irlanda, Singapur o Chile; o es el propio o no es ninguno. Eso lo entendieron nuestros abuelos al fundar el Estado en 1821 y la República liberal en 1871; al hacer la reforma social de los 40 y al crear el Estado benefactor después del 48. Hoy basta una moda transitoria para copiarla; o, peor, el chasquido de un chilillo para que baile el perro; como con la orden de la OCDE de abandonar el secreto bancario, para complacer a quienes tienen una larga y vergonzosa historia de violación a las leyes internacionales.

Por eso, políticamente, en los juicios por corrupción hay dos ausentes sin los que habría sido imposible defraudar al país: los grandes consorcios extranjeros y la mancuerna política del PLUSC.

Publicado: La Nación, 19 de abril 2009