Monthly Archives: June 2009

28 de junio 2009

La doble postulación –que permite que el candidato a presidente pueda serlo también para diputado–, es conveniente y útil, como señaló don Alejandro Urbina, director de La Nación . Para comprobarlo, bastaría imaginar una asamblea trabajando con unos jefes de fracción y presidentes del directorio como Antonio Álvarez, José Miguel Corrales, Laura Chinchilla, Ottón Solís, Otto Guevara o Rolando Araya, para citar solo a quienes ya fueron o son candidatos presidenciales. Su liderazgo partidario, la calidad del debate y la separación de la paja del grano en los proyectos, ayudarían mucho más a sacar a la Asamblea de su marasmo, que las maniobras de mala ley con el Reglamento.

Por el pseudodemocratismo del “ahora sigo yo”, muchos pretenden ser por turno munícipe, presidente municipal, alcalde, diputado, jefe de fracción, miembro del Directorio, Presidente de la Asamblea, precandidato y candidato a la Presidencia. Platón creería que esta es una república de genios. El ridículo llega a tal grado, que después del paso de algunos de estos especímenes por la Asamblea y el Gobierno, hay que poner en el currículum: “Y no he ocupado ese puesto”.

La elección anual en los cargos legislativos permite reflejar los cambios políticos: ruptura de alianzas, formación de otras nuevas, enfrentamientos o conjunción con el Ejecutivo, etc. Pero hoy son ocasión para satisfacer, por turno, las más torpes vanidades y audacias, o llenar ciertos currículos de pacotilla, en perjuicio del Legislativo y la República. Ya es hora de que las fracciones se estructuren y funcionen mejor, abandonen el sumiso “escucho y obedezco” impuesto por el látigo presidencial y respondan a las orientaciones de un sano liderazgo interno que les dé la columna vertebral y el rumbo de que carecen.

Además, es hora de reconocer la conveniencia de la carrera política, porque a la parlamentaria, dados los viciados métodos con que se escogen los candidatos a diputado, aún le falta mucho. La improvisación política es nefasta; pero la profesionalización, en sí misma, no lo es. Tampoco el bipartidismo. Solo lo son cuando el contubernio y la corrupción se convierten en su modus operandi; cuando en vez de un bipartidismo democrático se crea un peligroso y venal engendro tipo Plusc; o cuando gracias a ese maridaje se induce al Gobierno a emprender políticas desastrosas con la asesoría y el impulso del otro partido –como lo hizo la cúpula arista con el gobierno de Abel Pacheco, con asesor presidencial incluido–, buscando autopavimentarse el camino en la siguiente administración.

La doble postulación no resolverá estos problemas. Pero al menos los atenuará. Y aquí, como en cualquier naufragio, el menor respiro es ganancia.

Publicado: La Nación, 28 de junio 2009

21 de junio 2009

Hay quienes creen que tenemos que globalizarnos sin importar ni el costo ni el cómo. Promueven de hecho malbaratar la riqueza nacional, reducir a mero folclor nuestra identidad y cultura, y ahondar la división entre unos pocos ricos y unos muchos pobres, con una clase media impotente y en proceso de ruina. Como único camino, eso justificaría los medios, aunque estos sean tan nefastos y erróneos. Se entiende así la globalización como un problema de voluntarismo político, mostrando la inexcusable ligereza con que se ha afrontado la cuestión hasta ahora.

Este tipo de enfoque parece responder, o a intereses muy concretos, o a una explicable confusión. Porque una cosa es la globalización y otra, muy distinta, el globalismo. La primera es el proceso objetivo en que ya estamos insertos tan solo por vivir en este planeta. Una gran revolución científica y tecnológica, amén de otra socioeconómica y cultural, le sirven de fundamento. La segunda es, quizá, el principal enfoque ideológico neoconservador, que proclama lo mismo que el neoliberalismo y lo que, por ejemplo, se nos ha querido vender aquí bajo el nombre de socialdemocracia y socialcristianismo modernos. Con la crisis actual esto ha llevado a muchos, en el mercado persa de baratijas ideológicas de nuestros partidos, a terminar arrastrando, como en el tango, “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

Hoy las definiciones no pueden evadirse ni posponerse con las frases vacías y los pragmatismos oportunistas de las ofertas electorales, que además de engañar a otros pueden ser un autoengaño para algunos. Lo que se definirá en los próximos años es para quién se va a gobernar: ¿para ciertos grupos extranjerizantes de poder o para el conjunto de la nación? Lo cual supone responder a otra cuestión esencial: ¿cómo?

Esta es una hora de inflexión en la que está en juego la identidad nacional. De allí que el conflicto político sea menos entre liberales y estatistas, que entre conservadores globalizantes y nacional reformistas. Lo cual crea espacios nuevos para una eventual recomposición política, a la que aún no parecen haber llegado los actores principales. El problema es cómo gobernar la globalización tal y como se nos presenta, no para beneficiar a trashumantes transnacionales y poderosos grupos financieros, sino a la nación en su totalidad, preservando y fortaleciendo su independencia e identidad.

Quien diga que lo resolverá, sin entender la hondura de esta bifurcación histórica, podrá tener la mejor de las intenciones, pero su solución será incapaz de detener el deterioro y la erosión crecientes de nuestra nacionalidad y democracia.

Publicado: La Nación, 21 junio 2009