La doble postulación –que permite que el candidato a presidente pueda serlo también para diputado–, es conveniente y útil, como señaló don Alejandro Urbina, director de La Nación . Para comprobarlo, bastaría imaginar una asamblea trabajando con unos jefes de fracción y presidentes del directorio como Antonio Álvarez, José Miguel Corrales, Laura Chinchilla, Ottón Solís, Otto Guevara o Rolando Araya, para citar solo a quienes ya fueron o son candidatos presidenciales. Su liderazgo partidario, la calidad del debate y la separación de la paja del grano en los proyectos, ayudarían mucho más a sacar a la Asamblea de su marasmo, que las maniobras de mala ley con el Reglamento.
Por el pseudodemocratismo del “ahora sigo yo”, muchos pretenden ser por turno munícipe, presidente municipal, alcalde, diputado, jefe de fracción, miembro del Directorio, Presidente de la Asamblea, precandidato y candidato a la Presidencia. Platón creería que esta es una república de genios. El ridículo llega a tal grado, que después del paso de algunos de estos especímenes por la Asamblea y el Gobierno, hay que poner en el currículum: “Y no he ocupado ese puesto”.
La elección anual en los cargos legislativos permite reflejar los cambios políticos: ruptura de alianzas, formación de otras nuevas, enfrentamientos o conjunción con el Ejecutivo, etc. Pero hoy son ocasión para satisfacer, por turno, las más torpes vanidades y audacias, o llenar ciertos currículos de pacotilla, en perjuicio del Legislativo y la República. Ya es hora de que las fracciones se estructuren y funcionen mejor, abandonen el sumiso “escucho y obedezco” impuesto por el látigo presidencial y respondan a las orientaciones de un sano liderazgo interno que les dé la columna vertebral y el rumbo de que carecen.
Además, es hora de reconocer la conveniencia de la carrera política, porque a la parlamentaria, dados los viciados métodos con que se escogen los candidatos a diputado, aún le falta mucho. La improvisación política es nefasta; pero la profesionalización, en sí misma, no lo es. Tampoco el bipartidismo. Solo lo son cuando el contubernio y la corrupción se convierten en su modus operandi; cuando en vez de un bipartidismo democrático se crea un peligroso y venal engendro tipo Plusc; o cuando gracias a ese maridaje se induce al Gobierno a emprender políticas desastrosas con la asesoría y el impulso del otro partido –como lo hizo la cúpula arista con el gobierno de Abel Pacheco, con asesor presidencial incluido–, buscando autopavimentarse el camino en la siguiente administración.
La doble postulación no resolverá estos problemas. Pero al menos los atenuará. Y aquí, como en cualquier naufragio, el menor respiro es ganancia.
Publicado: La Nación, 28 de junio 2009