La vida me ha puesto muchas veces contracorriente y, casi de seguro, esta vez también. No lo hago para ganar simpatías: prefiguro lo contrario. Tampoco porque el tiempo me diera muchas veces la razón. Lo hago por convicción, experiencia y amor a mi país, donde poder y dinero están generando tanta adulación y oportunismo.
La paz es y debe seguir siendo un eje central de nuestra nación, como dice el Himno. Pero convertirla en tolerancia pasiva ante los atentados y la arbitrariedad contra los “derechos sagrados que la Patria nos da”, es una traición imperdonable. Ser pacíficos no es sinónimo de ser ovejas sumisas para el esquilme.
Pacíficos fueron los campesinos que trocaron por armas, en Rivas y Santa Rosa, “su tosca herramienta” para defender la Patria. Juan Rafael Mora no le lloriqueó por paz a William Walker, sino que la conquistó en Nicaragua con balas, bayonetas y teas ardientes. Nuestros campesinos, pacíficos como nadie, supieron escoger: luchar y morir, antes que envilecerse y ser esclavos.
Pero hoy, imperceptiblemente, esta digna herencia se está trastrocando en pretexto para claudicar a la primera ocasión. Cuando no se aprende a luchar por nuestros derechos legítimos, incluso con las armas en la mano si se necesita, alguien nos dominará y tiranizará.
La paz a toda costa es una rendición adelantada. Condenar por igual la violencia legítima y la ilegítima, la del violador con la de la víctima, o proclamar el sometimiento cuando se trata del león y el pastor, es ocultar la cobardía con los harapos de la paz.
Cierto. Su rompimiento solo se justifica en caso extremo. Enseñarlo así es una tarea cívica esencial. Pero decir que su costo no importa, aunque sea la renuncia a “derechos sagrados”, es traicionar al pueblo porque solo hay paz si hay justicia.
Defenderla, jamás puede ser doblegarse ante el abuso del poder. La paz existirá mientras se respeten los derechos y haya brazos “nervudos y pujantes” dispuestos a defenderlos. De lo contrario, seríamos aún colonias, renegaríamos de Bolívar y San Martín, de la Independencia de los Estados Unidos, de Abraham Lincoln y de quienes vencieron a Hitler.
Condenar siempre el rompimiento de la paz y hasta el uso legítimo de la fuerza, olvida la historia de la libertad y la democracia; que también hay violencia en la muerte diaria de millones de niños por desnutrición; y que la hay donde un prisionero languidece en una mazmorra por defender a su pueblo, como lo hizo Mandela luchando contra el apartheid .
Esa idílica visión de la paz no es ninguna virtud. Es un cáncer para la formación cívica. Hay que aprender a ser libres, “no siervos menguados”; y recordar, con Jefferson, que “el árbol de la libertad hay que regarlo, de tiempo en tiempo, con la sangre de los tiranos”.