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26 de julio de 2009

La vida me ha puesto muchas veces contracorriente y, casi de seguro, esta vez también. No lo hago para ganar simpatías: prefiguro lo contrario. Tampoco porque el tiempo me diera muchas veces la razón. Lo hago por convicción, experiencia y amor a mi país, donde poder y dinero están generando tanta adulación y oportunismo.

La paz es y debe seguir siendo un eje central de nuestra nación, como dice el Himno. Pero convertirla en tolerancia pasiva ante los atentados y la arbitrariedad contra los “derechos sagrados que la Patria nos da”, es una traición imperdonable. Ser pacíficos no es sinónimo de ser ovejas sumisas para el esquilme.

Pacíficos fueron los campesinos que trocaron por armas, en Rivas y Santa Rosa, “su tosca herramienta” para defender la Patria. Juan Rafael Mora no le lloriqueó por paz a William Walker, sino que la conquistó en Nicaragua con balas, bayonetas y teas ardientes. Nuestros campesinos, pacíficos como nadie, supieron escoger: luchar y morir, antes que envilecerse y ser esclavos.

Pero hoy, imperceptiblemente, esta digna herencia se está trastrocando en pretexto para claudicar a la primera ocasión. Cuando no se aprende a luchar por nuestros derechos legítimos, incluso con las armas en la mano si se necesita, alguien nos dominará y tiranizará.

La paz a toda costa es una rendición adelantada. Condenar por igual la violencia legítima y la ilegítima, la del violador con la de la víctima, o proclamar el sometimiento cuando se trata del león y el pastor, es ocultar la cobardía con los harapos de la paz.

Cierto. Su rompimiento solo se justifica en caso extremo. Enseñarlo así es una tarea cívica esencial. Pero decir que su costo no importa, aunque sea la renuncia a “derechos sagrados”, es traicionar al pueblo porque solo hay paz si hay justicia.

Defenderla, jamás puede ser doblegarse ante el abuso del poder. La paz existirá mientras se respeten los derechos y haya brazos “nervudos y pujantes” dispuestos a defenderlos. De lo contrario, seríamos aún colonias, renegaríamos de Bolívar y San Martín, de la Independencia de los Estados Unidos, de Abraham Lincoln y de quienes vencieron a Hitler.

Condenar siempre el rompimiento de la paz y hasta el uso legítimo de la fuerza, olvida la historia de la libertad y la democracia; que también hay violencia en la muerte diaria de millones de niños por desnutrición; y que la hay donde un prisionero languidece en una mazmorra por defender a su pueblo, como lo hizo Mandela luchando contra el apartheid .

Esa idílica visión de la paz no es ninguna virtud. Es un cáncer para la formación cívica. Hay que aprender a ser libres, “no siervos menguados”; y recordar, con Jefferson, que “el árbol de la libertad hay que regarlo, de tiempo en tiempo, con la sangre de los tiranos”.

Publicado en La Nación del 26 de julio del 2009.

19 de julio 2009

Con sentencia de la Corte de La Haya, o sin ella, desde hace mucho tiempo el Estado debió abocarse a cumplir varias tareas: una, integrar la zona norte a la vida económica, cultural y social de la nación. Si solos, pues de nuestro lado; si con Nicaragua –lo más deseable–, desarrollando toda la cuenca fronteriza mediante la construcción de caminos, carreteras, puentes, escuelas, servicios de salud, puestos policiales, oficinas estatales, etc., necesarias para resguardar el ambiente y promover la agricultura, la pesca, el turismo y demás, conel respeto debido al mejor equilibrio ecológico de la cuenca. Para ello es clave la participación no solo del Estado, sino de la sociedad civil, la Defensoría de los Habitantes y las universidades públicas.

Dos, impulsar el relanzamiento de las relaciones, ahora sí correctamente “desanjuanizadas”, sobre los principios reconocidos por la ONU de no intervención ni injerencia en los asuntos internos de cada país, respeto a la soberanía, no uso de amenazas ni de acciones vejatorias de funcionarios de un Estado en contra de otro, el beneficio mutuo y el diálogo constructivo y franco. Lo cual es hoy de la mayor importancia, vista la delicada situación política del Istmo.

Tres, desarrollar una campaña divulgativa y educativa sobre la importancia de tener una política exterior coherente y clara que, como país sin ejército, es la primera línea de defensa de la seguridad nacional. Explicar los alcances concretos de la sentencia, en particular a los vecinos de la zona, a fin de prevenir incidentes que den pretexto a quienes deseen boicotear las buenas relaciones entre ambos países.

Cuatro, hacer un balance autocrítico de lo que este juicio significó para la Cancillería y los Gobiernos. Improvisaciones y ocurrencias como las que proliferaron no deben volver a suceder. La designación de parientes, favorecedores y amigos debe acabarse; la endeble financiación que no permite tener ni un cuarto de mapas, y menos un sistema moderno de documentación e información, debe terminar; la irresponsabilidad de firmar acuerdos, dar declaraciones o aceptar imposiciones, comprometiendo al país en el exterior, sin consultar siquiera a la Cancillería, tiene que acabar; la profesionalización debe ser efectiva, fortalecida y, sobre todo, vigilada y garantizada.

Lo que pasó, pasó. Pero jamás se deberá olvidar que la política exterior debe ser la del Estado y no debe confundirse ni subordinarse a lo personal o sectorial. Costa Rica no es, ni debe ser, la finquita, la empresita o el feudo de nadie. Los funcionarios llegan y pasan; solo las instituciones permanecen. Nadie, a falta de controles, debe estar en condiciones de comprometer a la República a espaldas de la Cancillería y, menos, del país.

Publicado en La Nación del 19 de julio del 2009.