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30 de agosto de 2009

El presidente Arias volvió a plantear la convocatoria a una constituyente, probablemente presidida por su hermano, para gobernar sin las molestias de la democracia representativa y de una prensa acuciosa, que seguro preferiría dedicada a los intrusos de la farándula y no a la denuncia de las piñatas políticas, los bonos chinos, los dineros del BCIE y el desastre de Emergencias. Quiere una democracia delegativa, que le permita hacer lo que le viene en gana, so pretexto de urgencia, ejecutividad y toma de decisiones.

A don Óscar le estorban e irritan los controles y hasta el remedo de lo que algunos osan llamar “rendición de cuentas”, que aquí no pasa del derecho al berreo, más alguno que otro discurso narrando buenos deseos, verdades a medias o mentiras enteras. Por eso le es tan irritante una prensa díscola, que ejerza su función con acuciosidad y libertad; y libertad no significa poder publicar, sino pedir informes y cuentas de todos los actos públicos, en especial los que el Gobierno querría mantener secretos, pero que el pueblo puede y debe conocer.

De allí que sus razones para una constituyente sean equivocadas y una nueva evidencia del desacierto de la propuesta. Si lo que impide la gobernabilidad y exige un cambio constitucional son la Contraloría, la Procuraduría, la Defensoría de los Habitantes y la Asamblea, lo que debió hacer don Óscar desde el inicio fue cambiar las leyes orgánicas de cada entidad, para perfilar sus objetivos y fines, tareas y medios. Si no lo hizo antes, aún puede hacerlo. ¿Qué se lo impide? Pero llevar al país a una constituyente para eso, ratifica su filosofía personalista y la mala conducción política del Gobierno, incapaz de construir y mantener alianzas en la Asamblea. El doctor Arias cura una uña encarnada cortando el brazo.

Ese cuento no es así. Hoy es el peor momento para hacerla porque, más grave aún, lo que se pretende es instituir una presidencia imperial. Lo que está en la mira política del microequipo presidencial es autofabricarse, con una constituyente, un cogobierno que paralice el próximo y les asegure, por si las moscas, una paz casera; anular los mecanismos de control institucional, concentrar más el poder e imponer, desde ya, un copresidente que fraternalmente maneje el Gobierno y les garantice una siesta tranquila.

Una constituyente en medio de la crisis internacional, llenos de pobreza, desempleo, violencia, desigualdad y polarización social, más la fragmentación y desconcierto políticos, generaría –por afanes personalistas– un período de gran inestabilidad entre tanto caracol perdido.

Esta ocurrencia no hizo, precisamente, que al lobo se le salieran las orejas. Lo que sí logró, sobre todo con la pretensión de una prensa domesticada, fue que al águila se le vieran las garras.

Publicado en La Nación del 30 de agosto de 2009.

23 de agosto de 2009

La inoperancia del Estado es evidente. El Gobierno, que prometió arreglarla, la ha agravado. Las concesiones han sido una frustración que exige a gritos revisar a fondo su política. El manejo de desastres naturales ha sido el verdadero desastre. Y la defensa de la naturaleza, un doble discurso deslegitimador. Veamos tres de sus últimas perlas.

La Nación del lunes publicó que la ola que destrozó en julio varias aldeas guanacastecas de pescadores, vino de la Antártida; y que Emergencias no lo pudo prevenir, porque carecía de la información técnica que le brindaban los institutos universitarios de investigación. ¿Por qué no la recibieron? Porque por tres años dejaron de pagarles lo que se les debía, “en parte por falta de plata y en parte por falta de voluntad política.” ¿Presiones tipo memorándum del miedo por el TLC? Se revela, también, que a estas alturas ni siquiera han ido a ver lo ocurrido y que quizás esta semana se den una vueltita. En suma: no previeron, porque no se informaron; no se informaron, porque no quisieron pagar; y no pagaron, porque jugaban a la politiquería con la seguridad y bienestar de los costarricenses. Es de enviarlos a la Fiscalía.

Limón arde y la violencia y la inseguridad son desgarradoras. Sin agregarle lo de otras zonas, hay que preguntarse: ¿qué pasó con el publicitado Plan de los Cien días? ¿Cuáles fueron sus resultados? ¿Qué evaluación se hizo? ¿Cuál fue su cronograma y cómo se cumplió? ¿Dónde está? ¿Se puede consultar la documentación respectiva, desde el texto del Plan, los objetivos, sus fines, métodos y medios por emplear, distribución de tareas, informes de responsables, hasta las fechas, actas y asistencia de quienes participaron en la evaluación final por resultados? Ja, ja, ja. ¿Plan de Cien Días? Como dicen en Limón: my foot.

¿Y la platina? Primero se dijo que el arreglo era rápido y sencillo. Luego siguieron más arreglos y más mentiras. Hasta que vino el desastre final y apareció un ingeniero retirado, que lo había bien construido veinte años atrás, riéndose como buen tico del “efecto mirón” con que se justificaba la pifia, y dijo lo que tenía que hacerse. Solo entonces, de hecho, el MOPT reconoció todo el fracaso y, con él, las burdas mentiras. Pero: ¿no habrá sanciones? ¿No renunciará ni se despedirá a nadie, desde la Ministra al ingeniero encargado de la obra? Este por inútil y aquella porque es su Ministerio, sus subalternos, y no es posible que no hallara a nadie en el MOPT que le dijera el error que cometían y lo que había que hacer.

Si este país sigue así, comiendo cuento y aguantándose estas y otras perlas del mismo valor, de veras que se merecería que lo envuelvan con mentiras y lo traigan a platinazos.

Publicado en La Nación del 22 de agosto de 2009.