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24 de octubre de 2009

La política actual expresa los cambios producidos en la sociedad nacional. La Costa Rica bucólica se disolvió en un capitalismo desordenado, voraz y dependiente, en el que los antiguos valores ya no rigen y los nuevos aún no se terminan de aceptar. Se ha dado a luz un nuevo país que tiene poco en común con el anterior, salvo su nombre y algunos rituales y mitos cada vez más irrelevantes.

La virtud capitalista es transformar la sociedad que toca. Donde había teología introdujo ciencia; donde ruecas, telares; donde artesanía, fábricas; y donde agricultura de familia, competencia de mercado. De allí que solo sobrevivan los competitivos y grandes, que no haya “pobrecitos” y que cada cual se salve como pueda.

La base social y humana tica se transformó sin posibilidad de retorno. La vieja estructura piramidal, con peones y obreros abajo, y grandes comerciantes, cafetaleros, beneficiadores y exportadores arriba, más los sectores medios en el centro, fue sustituida por una formación compleja y diferenciada, que tiene su propia escala de valores, muy distinta a la que perfiló la vieja Costa Rica. Los servicios, la actividad profesional y técnica, se mezclan hoy con los desarrolladores, los neoexportadores, el turismo, los grandes bufetes y las empresas de negocios e inversiones.

En tanto, los maestros y profesores, que antes fueron una extensa sección de nuestras clases medias, se proletarizan y se ven obligados a protegerse con las armas obreras clásicas: el sindicato y la huelga. Les siguen diversos profesionales que antes tenían un elevado estatus, pero que hoy han sido igualados hacia abajo por el rasero común del mal patrón institucional y el bajo nivel salarial: médicos, ingenieros, abogados, trabajadores sociales, sociólogos, periodistas, escritores, politólogos, historiadores, etc. Muchos ya no son más, como antes, intelectuales destacados y hasta quizá díscolos, sino simples empleados que apenas sobreviven; mientras que, para su irritación, las maravillas del mundo moderno casi quedan al alcance solo del político corrupto, el lavador de dinero, el narcotraficante o el rentista, por lo general más atentos a la vida nocturna, los malls o las pistas de esquiar, de Las Vegas, Miami o Colorado.

Por eso la disyuntiva no es socialdemocracia o socialcristianismo, neoliberalismo o socialismo del siglo XXI. Luego de esta gran crisis mundial, deberá ser un nuevo paradigma. Pero mientras este llega, hay que ver si se puede, al menos, someter ese capitalismo real, deformado, dependiente y destructor, a unas reglas de convivencia que le limen sus garras y sus afilados colmillos; o si, por el contrario, se le dejará como hoy libre y salvaje, como temía Juan Pablo II que sucediera. Este es el parteaguas donde se halla la Costa Rica de hoy.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 24 de octubre de 2009.

11 de octubre de 2009

AngelaAcuñabachiller

Ángela Acuña ya había roto la tradición (en la foto con su grupo de bachillerato), al igual que Pierina Canale (a quien le correspondió recitar frente al Monumento Nacional el 15 de setiembre de 1921),  y otras jóvenes pioneras.

Detrás de la discusión, aparentemente trivial, de si el Liceo de Costa Rica debe matricular mujeres, hay temas de mayor importancia. Uno de ellos es el de las tradiciones y su valor, ya que pueden servir para un cocido, como para un fregado.

El Liceo fue vanguardia de una histórica reforma educacional. Allí se graduaron varones y mujeres, hasta que se limitó solo para los primeros. Al fundarse no había tradición ninguna; más bien las rompió todas al sentar las bases para un cambio liberal que asociaba el reconocimiento de los derechos con la capacidad intelectual y moral para ejercerlos.

Si pronto se reconocieron derechos civiles y personales a las mujeres, como el de herencia y propiedad, no fue igual con los derechos políticos, sociales y laborales, donde reinan aún la desigualdad y la discriminación. La violencia doméstica –cuyo combate oficial solo revive entre muerte y muerte de alguna mujer y luego pasa de la pasividad al olvido–, se enraíza en una nefasta tradición religioso-colonial que teme a la mujer, la ve como propiedad y la revierte en una pérfida Eva, culpable de todos los pecados. Tras su encierro y aislamiento está el castigo de su cuerpo, su vitalidad y belleza, causa de todas las tentaciones de los pobrecitos varones. Esa es la argamasa real con que se ha construido ese muro de desconfianza, separación y aislamiento con que se les quiere encerrar aun hoy.

Hay tradiciones y tradiciones. Debemos escoger cuáles deben quedarse y cuáles erradicar, especialmente en las mentes de niños y jóvenes. La separación entre varones y mujeres debe desaparecer, no más sea porque la verdadera tradición del colegio ha sido, y debe ser, la de superar las lacras de la ignorancia, de los prejuicios machistas y los vicios de una sociedad patriarcalista, que el tiempo jamás legitimará; porque esas políticas, además de discriminatorias, son expresión de atraso y de ignominia.

La tradición correcta es la que combatió por sacar a las mujeres y hombres de la marginación oscurantista colonial; la que recién empezó a luchar contra la violencia doméstica, los abusos sexuales, la discriminación y el acoso laborales contra la mujer; y, en fin, la que se subleva contra el uso de la belleza femenina como mero objeto mercantil. Lo demás son pamplinas.

Hay tradiciones que están pidiendo a gritos ser desterradas. El conformismo, la pasividad, la cultura del guaro y el cinismo y doble faz de políticos inescrupulosos. Pero hay tradiciones que reclaman su sitial, porque son esenciales para preservar y fortalecer nuestra identidad nacional y afirmarla en los valores supremos de los derechos humanos, la igualdad de derechos, la libertad y la democracia.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 11 de octubre de 2009.