La política actual expresa los cambios producidos en la sociedad nacional. La Costa Rica bucólica se disolvió en un capitalismo desordenado, voraz y dependiente, en el que los antiguos valores ya no rigen y los nuevos aún no se terminan de aceptar. Se ha dado a luz un nuevo país que tiene poco en común con el anterior, salvo su nombre y algunos rituales y mitos cada vez más irrelevantes.
La virtud capitalista es transformar la sociedad que toca. Donde había teología introdujo ciencia; donde ruecas, telares; donde artesanía, fábricas; y donde agricultura de familia, competencia de mercado. De allí que solo sobrevivan los competitivos y grandes, que no haya “pobrecitos” y que cada cual se salve como pueda.
La base social y humana tica se transformó sin posibilidad de retorno. La vieja estructura piramidal, con peones y obreros abajo, y grandes comerciantes, cafetaleros, beneficiadores y exportadores arriba, más los sectores medios en el centro, fue sustituida por una formación compleja y diferenciada, que tiene su propia escala de valores, muy distinta a la que perfiló la vieja Costa Rica. Los servicios, la actividad profesional y técnica, se mezclan hoy con los desarrolladores, los neoexportadores, el turismo, los grandes bufetes y las empresas de negocios e inversiones.
En tanto, los maestros y profesores, que antes fueron una extensa sección de nuestras clases medias, se proletarizan y se ven obligados a protegerse con las armas obreras clásicas: el sindicato y la huelga. Les siguen diversos profesionales que antes tenían un elevado estatus, pero que hoy han sido igualados hacia abajo por el rasero común del mal patrón institucional y el bajo nivel salarial: médicos, ingenieros, abogados, trabajadores sociales, sociólogos, periodistas, escritores, politólogos, historiadores, etc. Muchos ya no son más, como antes, intelectuales destacados y hasta quizá díscolos, sino simples empleados que apenas sobreviven; mientras que, para su irritación, las maravillas del mundo moderno casi quedan al alcance solo del político corrupto, el lavador de dinero, el narcotraficante o el rentista, por lo general más atentos a la vida nocturna, los malls o las pistas de esquiar, de Las Vegas, Miami o Colorado.
Por eso la disyuntiva no es socialdemocracia o socialcristianismo, neoliberalismo o socialismo del siglo XXI. Luego de esta gran crisis mundial, deberá ser un nuevo paradigma. Pero mientras este llega, hay que ver si se puede, al menos, someter ese capitalismo real, deformado, dependiente y destructor, a unas reglas de convivencia que le limen sus garras y sus afilados colmillos; o si, por el contrario, se le dejará como hoy libre y salvaje, como temía Juan Pablo II que sucediera. Este es el parteaguas donde se halla la Costa Rica de hoy.
Publicado en La Nación de Costa Rica el 24 de octubre de 2009.
