El mundo enfrenta tres grandes retos: la proliferación de armas nucleares, el calentamiento global y el comercio de armas convencionales. Hoy, cuando el mundo se les rebela, los mercaderes de la guerra pasan del cinismo a la hipocresía, pronuncian discursos y firman hermosas proclamas, mientras aceleran sus negocios.
Justifican con ideologías y hasta con creencias religiosas las peores políticas: usan la pobreza para medrar de ella y enriquecerse; la democracia para engañar a la gente y monopolizar el poder; y la paz, para hacer clavos de oro con la guerra. Ahora han redescubierto América Latina, ayudados por quienes aplican un doble rasero para juzgar la compra de armas, olvidando que si se justifica para unos y no para otros, sobrarán los que defiendan lo contrario. Al fin, todos resultan autojustificados.
Los responsables del calentamiento global y el desastre ecológico, enlazados con los fabricantes de armas, fingen angustia y hasta indignación, pero no se comprometen a nada concreto. Ellos y sus socios (recuérdese la advertencia del general Einsenhower contra los peligros del complejo militar-industrial), contaminan el planeta y amenazan la vida de cada persona donde venden sus armas.
No se vale oponerse si el armamento es para Chávez y callar si es para Lula o para Uribe. En este dominó no hay acción sin reacción. Los datos lo demuestran: Venezuela gastó $4.400 millones los últimos cuatro años y piensa gastar más. Brasil, $15.500 millones en el 2008 (un 5% más que en el 2007), con un incremento del 50% en gasto militar, aumentado solo este año a $12.317 millones, submarino nuclear incluido. Colombia, aparte el “Plan Colombia” y convenios con EE. UU. (que nadie conoce en detalle), gastó $5.500 millones en el 2008, con un incremento del 13,5% respecto al 2007. Ignoro si se incluyen los sobornos a diputados y senadores para que Uribe cambiara la Constitución para reelegirse.
En toda América Latina, entre el 2003 y el 2008, el gasto militar pasó de $24.700 a $47.200 millones, un 91% de crecimiento. En el 2008 Sudamérica gastó $48.000 millones, un 6% más que en el 2007 y un 50% más que en la última década. En tanto, 1.400 millones de personas padecen de hambre. Solo el último año, esa cifra creció cien millones más y las perspectivas son peores.
Es el precio del hundimiento de todos los modelos de desarrollo; del afán desmedido de riqueza; de una economía del desperdicio; y de la lucha por el poder y las materias primas. Ni es posible seguir así, ni menos volver atrás. Se necesita un nuevo paradigma, donde la paz y el bienestar del ser humano, no la ganancia, ni el mercado, ni el Estado, sean el alfa y omega de la vida social. Esta es la vasta tarea.