Los debates han saturado al elector. Y, a falta de preguntas incisivas y respuestas sintéticas y ocurrentes, se termina “enjuagado y sin lavarse”. Al mezclar lo importante con lo irrelevante, lo principal se rebaja a secundario y todo ocupa un mismo y disminuido nivel.
Sin embargo, el voto del siete de febrero no resolverá quién es el menos peor, ni quién cambió su ayer político. El único que no cambió –pero no como virtud, sino como defecto de rigidez–, es don Ottón. Los demás sí: el Libertario y, en especial, el PLN y el PUSC, confundidos en la nefasta mancuerna del PLUSC que Fishman abiertamente añora, que dejaron de ser socialdemócratas y socialcristianos, para convertirse en neoliberales vergonzantes. Si, como dice el Corán, en la otra vida la edad es de 33 años para siempre, y don Pepe, Orlich y Oduber resucitaran con sus energías de entonces, los hermanos Arias y compañía le darían la vuelta al globo en diez minutos.
Sobre contenidos, no ha habido discusión alguna. Pero lo decisivo es si Costa Rica continuará por la vía fracasada de una apertura a ultranza, desmantelando al Estado y usándolo como botín político y como sinapismo tranquilizante en lo social; y favoreciendo a un pequeño sector corporativo, erigido en nueva élite dirigente. O si, por el contrario, comienza un cambio hacia un desarrollo sostenible, orientado a la población, ampliar la participación empresarial de la clase media y baja, y a rescatar el sistema de la concentración de poder y el bonapartismo tropical.
El modelo actual apuesta a más proletarios y menos propietarios, en nombre de la eficiencia. Por eso, subordina a ello lo social; exige más concentración de poder en el Ejecutivo y cuasidesmantelar el legislativo. No tiene nada de social ni de demócrata. Menos hay nada de social ni de cristiano en esa alianza pluscista con su adversario histórico, al que logró arrancarle la medalla de oro de la corrupción, no más sea porque la avaricia es uno de los pecados capitales.
El desarrollo nacional tiene hoy tres grandes vertientes electorales: dos que paradójicamente confluyen, pese a sus diferencias; y otra, que si habla otra vez de socialdemocracia, es porque rebotó con la realidad al chocar con la crisis mundial. Las dos primeras son el nuevo liberalismo –que se quiere social – de Guevara y el neoestatismo desburocratizado y libre de corrupción de Solís. Y el tercero es el continuismo de Laura Chinchilla, la perpetuación del binomio de los Arias y su entorno neocorporativista de cataplasmas sociales. Esta es lo ausente en los debates. Y es lo que se resolverá, con sal hepática o sin ella, en las elecciones. Aunque usted no lo crea.
Publicado en La Nación de Costa Rica el 31 de enero de 2010.