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19 de diciembre de 2010

El gobierno debe hacer un alto en el camino, reorganizar su agenda, separar los problemas importantes de los urgentes, correlacionarlos con los medios económicos, financieros y humanos con que cuenta y, sobre todo, considerar con absoluto realismo el escaso tiempo que le queda para hacer obra, en especial después de que sus copartidarios precipitaron la campaña electoral.

Esa urgencia se vio en la reciente presentación del programa de desarrollo, que más bien debió ser el proyecto electoral de doña Laura y que ya no fue, pues debió presentarse antes de su elección. Pero que tampoco es un plan de gobierno creíble, ya que su realización es más que dudosa, dado que, por ejemplo, basado en un supuesto crecimiento anual del PIB de un 5% o 6%, pega de frente con los últimos datos de la Cepal y del Central.

Esto muestra falta de equipo, en un clima agravado por los conflictos electorales prematuros. Hay, además, una notoria ineptitud de algunos altos funcionarios, que requieren apoyo o sustitución. El caso del vicepresidente Piva es proverbial. Hay que explicarle dónde se encuentra, a quién representa y qué debe decir en las reuniones internacionales. Después de su barbárico “cálculo a mano alzada” sobre Crucitas, nos regala ahora su lamentable participación en Belice, donde todo indica que aceptó hasta fechas para una cita especial para dialogar con Nicaragua, sin plantear el requisito sine qua non del retiro de tropas nicas de suelo tico, antes de cualquier diálogo. Con Piva vamos, pues, de Piva en Piva, y de pifia en pifia.

Seguridad Pública tampoco se escapa. Allí abundan las contradicciones y las exageraciones. Tanto así, que ya es hora de construir nuestra propia visión, dejar de creer en muchos cuentos sobre el narco y en lo que nos dice cualquier sujeto que aparece –algunos con placa de la DEA, sin identificar su estatus real en la fuerza, la veracidad de su dicho y de sus fuentes, etc.–, que nos llenan con informaciones imprecisas, de fuentes no identificadas, alarmistas y contradictorias, que deben merecer poca o ninguna credibilidad.

Ahora las revelaciones de Wikileaks lo corroboran. Se sabe que la droga va en avionetas directo de Venezuela a Guatemala; que allí las autoridades son cómplices; y que abundan los pasos hacia México, donde nadie la detiene. Serían unos locos o tontos los capos mexicanos emigrando al Sur, cuando su primavera está en el Norte. Por eso aquí capturan distribuidores del Infiernillo y la Carpio, pero a ningún capo grande, aunque haya algunos que se persignan ante una casetilla porque nunca han visto un altar. Escudriñemos nuestra realidad y la centroamericana, y diseñemos una verdadera política de seguridad nacional.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 19 de diciembre de 2010.

12 de diciembre de 2010

En un diciembre frío como este, el niño abrió la puerta de la casa de su abuela en Barrio México. Un hombre, nervioso y cuidando de que no le vieran la cara, le preguntó si había alguien mayor; al responderle que sí, le pidió que entregara de inmediato la importante carta que traía. El niño fue hasta la cocina y se la dio a su madre, quien al leerla le dijo a la abuela: “Es de Carlos y dice que esta noche van a fusilar a Jaime, a Fallas, Carballo, Braña y otros más. Ya los sacaron y en la Peni no están. Me aconseja que acuda donde Alexis (Zamora Cruz, confesor de Monseñor Sanabria), para ver si él puede parar el asesinato”.

De seguido, se fue al Hospital San Juan de Dios, donde el padre Alexis consolaba moribundos y enfermos, y de allí ambos salieron hacia el Palacio Arzobispal. Monseñor los recibió y, comunicándose con el Nuncio Apostólico, se fue con rumbo desconocido. Más tarde volvió y dijo que aguardaba una llamada telefónica. Se sentaron a esperar. Finalmente, el teléfono sonó y Monseñor atendió la llamada. Cuando colgó dijo que se “había hecho lo posible” y que “solo quedaba orar y tener fe de que todo saliera bien.”

En tanto, Carlos González Cruz, con sus escasos diecisiete años, ayudaba a promover la protesta al interior del penal y lograba que se sumaran a ella los reos comunes del pabellón oeste. Todo amenazaba con convertirse en un motín contra el crimen en marcha. Y fue gracias a ello que a Carlos Luis Fallas, Jaime Cerdas, Adolfo Braña, Arnoldo Ferreto y otros más, finalmente los devolvieron al penal y sus vidas no fueron segadas por el odio y la intolerancia.

No tuvieron esa suerte los líderes sindicales de la zona atlántica. Fueron diz que traídos a San José y asesinados en el Codo del Diablo. Los criminales, encabezados por Manuel Zúñiga Jirón, nunca fueron castigados, porque la Junta de Gobierno permitió sin vergüenza, su fuga. Zúñiga acabó loco y clamando misericordia en un cuartucho en Guatemala.

Mi hermano Carlos González Cruz murió este tres de diciembre, en la misma fecha en que, varios años antes, había fallecido mi padre Jaime Cerdas Mora. Aunque muchos costarricenses lo ignoren, fueron personas como Carlos y mi padre y tantos otros más, los que lograron muchas de las ventajas laborales y sociales de que hoy gozamos, y de las cuales ni se les ocurre preguntarse de dónde vienen, cómo se lograron y a quiénes las deberían agradecer.

En memoria de Carlos González Cruz.

En ese frío diciembre de 1948, por sus sabias indicaciones y consejos, Carlos no solo salvó las vidas de personalidades como las mencionadas, sino que evitó el luto y el dolor para nuestro hogar, lo que lamentablemente no fue posible para las familias de las víctimas del Codo del Diablo.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 12 de diciembre de 2010.