Iba a escribir sobre otro tema, pero el artículo de Kevin Casas, amigo querido, me obliga a ocuparme de él y, de rebote, del de Fernando Berrocal, que intenta escudarse en Casas para tapar su traición política a los hermanos Arias y a sus deberes cívicos, cuando como ministro sirvió a dos amos.
Por razones personales no recibí a tiempo ni pude contestar el mensaje de Kevin; lo lamento más que nadie. Qué pena que él no entendiera que yo me refería en mi columna anterior a dos reuniones y no a una sola. Una, confesada por Berrocal, en la que no vacilo en admitir que Casas no estuvo. Y otra, en la que solo se mencionó el affaire venezolano. Por desgracia, el exministro de Seguridad en privado dice una cosa: que Rodrigo Arias le propuso, no una investigación, sino usar los narcodólares para calumniar a los del NO al TLC. Tanto así, que Albino Vargas lo puso en ridículo en ADN Radio, al enrostrarle que segundos antes de entrar en cabina se lo había asegurado, pero que ya al aire, se quitaba de lo dicho.
En la reunión en Rohmoser del comando del SÍ, aunque se habría mencionado la diabólica idea, la cosa no pasó a más; otras ideas sí plasmaron luego en el memo famoso. Siempre pensé que don Kevin había cargado solo con una culpa que era compartida.
Desgraciadamente me expresé mal o me entendió peor, pero jamás le atribuí ninguna participación en la patraña de los narcodólares. Y esto, a pesar de que en los WikiLeaks, al inicio no más de su cargo, la Embajada reporta la preocupación del vicepresidente de que entrara dinero venezolano para ayudar al NO. Espero dejar así aclarada mi posición con respecto a este punto.
Sí le advierto que no cargo llagas, ni visibles, ni ocultas; ni en el cuerpo, ni en el alma. Sí tengo, en cambio, heridas, ganadas en combate, pero todas sanas, con las cuales, por cierto, ni don Óscar y menos don Rodrigo Arias, han tenido nada que ver. Pero este tema lo trataré en otra oportunidad, cuando me plazca.
En cuanto al ministro desleal, su procaz defensa coincidió –para su desventura– con la develación de los cables de WikiLeaks referidos a él, en los que queda como un dócil instrumento del Gobierno de EE. UU; un manipulador que se salta el Estado de derecho –irrespeto a otros poderes, espionaje ilegal y fondos secretos–; fiel en apariencia al presidente Arias, cuando en realidad intentaba torcer su voluntad para servir a sus titiriteros reales, la CIA y el Comando Sur. Pero además, según revela WikiLeaks, la Embajada y los hermanos Arias lo describen como indiscreto y precipitado, incapaz de pensar antes de hablar.
Semejante conducta y doblez me recuerdan a Jalil Gibrán, quien se preguntaba por qué los seres que no tienen columna vertebral, son los que tienen la concha más gruesa.

