Lo que confirman las renuncias y traslados de ministros, es que con doña Laura no hay crisis de gabinete, sino ridículos del gobierno. Desde un principio, como resultado de acciones que expresaban una confusión entre terquedad y firmeza, algunos ministros fueron cuestionados por la prensa, la opinión pública y los especialistas. Tal fue el caso de don René Castro, nombrado canciller, porque él (sin atestados) se había encaprichado en ello y doña Laura no tuvo la firmeza y honestidad política para decirle que no.
Lo mismo ocurrió con otros cargos de ilustres desconocidos, que han sido como muñecos de Guiñol: salen a escena, dan una voltereta y no vuelven a aparecer sino para renunciar. Eso sí, todos, o casi todos, han tenido cuestionamientos anteriores que demandaban de la Presidenta acciones y actitudes claras, que mostraran firmeza y dirección, no palabras y más palabras, más divorcio creciente entre lo que siente el ciudadano de la calle y el edén en que está instalada la cúpula burocrática y electorera.
Lo más significativo es que mucho antes de cumplirse el año de gobierno, el país político ya esperaba una reorganización general del gabinete. Sin embargo, la respuesta entonces fue inesperada. No habría cambios, porque todo marchaba bien; la única crisis era la fiscal y los roces eran porque don Óscar quería una ley eléctrica más entreguista que la que doña Laura defendía.
En la CCSS, la señora Balmaceda no veía crisis alguna, aunque los quirófanos se le estuvieran cayendo a pedazos, las colas crecieran a una velocidad geométrica, y el descontento –dentro y fuera de la institución– fuera público y notorio. Hubo un escándalo, sí: el del estado financiero del fondo de invalidez, vejez y muerte, que decían los privatistas que estaba a punto de derrumbarse. Pero cuando estalló la verdadera crisis, resultó que era lo único que realmente funcionaba. Con directivas y presidencias así, para qué se necesitan abusos ni redes de corrupción.
Por donde se mire, saltan los defectos, fallas y causas de descontento popular. Pero políticamente, con sus desafortunados cambios, el Gobierno ha mostrado, nuevamente, que no ve, no oye y no siente. Nombrar al señor Castro en el Minaet no es otra cosa que provocar la resistencia de los ambientalistas y del pueblo en general. ¿Por qué lo hace? Resulta tan irritante la decisión de poner a don René en ese cargo, que más pareciera una provocación, que un nombramiento.
Muestra que el Ejecutivo no sabe dónde está parado, ni adónde va, pero que hay otros que sí parecen saberlo. Solo que estos no emanan aroma de café, sino un fuerte tufo a minas, gas y petróleo… y sus inseparables escándalos de corrupción, inestabilidad y debilitamiento de las instituciones democráticas.
