Las razones para que doña Laura agotara en doce meses su espacio político son claras. Primero, porque a pesar de haber estado en el Consejo de Gobierno de don Óscar, no parece haberse enterado muy bien de lo que ocurría a su alrededor y de la mesa que le estaban dejando servida. Creyéndose de verdad que lo que tendría que hacer era sentarse al banquete, descubrió muy tarde que el banquete no era tal, que su papel no iba a ser el de anfitriona y que, por el contrario, se vería en la penosa situación de tener que apechugar al menos con tres bombas de tiempo que le dejaba su patrocinador.
Primero, lo de la CCSS, que no es de hoy, ni solo de salarios o incapacidades, sino manifestaciones bastante más profundas de un asunto al que nadie quiere meterle el diente. Estructuralmente, la cuestión tiene mucho de técnica y de corrupción. Técnica, porque Costa Rica cambió y su población demanda atenciones médicas de muy diferente naturaleza e instalaciones hospitalarias más modernas, flexibles y cercanas a la población. En cuanto a la corrupción, tiene un amparo declarado en las corruptelas políticas que apoyan, ocultan y vuelven impunes los grandes vicios que allí se multiplican: biombos, jefes que no llegan a cumplir con sus deberes y recargo de trabajo en interinos; mientras, muchos disfrutan de incapacidades injustificadas, a falta de verdaderos controles y auditorías (con las excepciones del caso, valga decirlo).
En el ICE, la segunda bomba, a la politiquería y desperdicio de los dineros públicos se suma una privatización acelerada, sujeta a los intereses gremiales y de empresas transnacionales, que han venido moviéndose al igual que en la Caja, como si la institución fuera otro bien de difunto más.
La tercera bomba de profundidad es la seguridad pública. El Gobierno llegó convencido de que bastaba decirle sí a la DEA, olvidarse de la otra infinidad de delitos (organizados o no), y andar con la mano extendida a nivel internacional, para darle sentido a un famoso –y jamás presentado– “Proyecto integral de seguridad”, que le aliviaría a doña Laura el peso de su promesa de campaña y la exigencia cada vez más desesperada de la población.
A ello se suma el descontento acumulado y justificado de los ciudadanos, ante la deficiencia de servicios, complacencias con los concesionarios, ausencia de responsables y el permanente “yo se lo juro que yo no fui”. Pero, sobre todo, la falta de un equipo ejecutivo, interesado, dinámico y libre del fatal espíritu burocrático que carcome a la administración.
Sin ese equipo, todos lo sabemos, no es posible arreglar ni una alcantarilla. La pregunta que corresponde en una sociedad convulsa, incrédula y bajo un desgobierno, no puede ser otra que esta: “¿Quo vadis, doña Laura?”.
Publicado en La Nación de Costa Rica el 24 de julio de 2011.

Siempre es un honor poder leer los análisis de Don Rodolfo. Muchas gracias por el aporte a la realidad nacional.