Recuerdos de mi Tío, el Pensador

Tuve el privilegio de pasar tardes enteras escuchando al Dr. Rodolfo Cerdas explicarme el genio de Cervantes y las mil razones por las cuales su obra es la más grande obra de la literatura española.

Msc. Yara Esquivel*

La semana pasada Costa Rica dijo adiós al Dr. Rodolfo Cerdas Cruz, conocido por muchos como catedrático, ex diputado, politólogo, columnista de la Nación o luchador incansable. Yo le llamaba simplemente tío Rodolfo. Y es de esa faceta más familiar sobre la que quisiera escribir el día de hoy.

Mi tío Rodolfo y mi tía Marjorie están presentes en mi memoria desde el inicio, siempre como esa entidad bicéfala, unidos por un amor profundo del uno hacia el otro y de ambos hacia el conocimiento. Los recuerdo en la finca de mi tío Alberto, en Liberia, visitando durante el verano con mis primos Luis y María. Son memorias breves, momentos calurosos, de mucho sol, como relámpagos de mi niñez. Después sigue el recuerdo de sus años en Inglaterra, como un revolotear de alas en la distancia, simplemente el conocimiento de que vivían ahora al otro lado del mar.

Luego, el regreso. Esa etapa fue distinta, un reconocerse y una enorme una emoción cada vez que mis tíos y mis primos venían a casa a visitar. Recuerdo alguna piñata, alguna fiesta de adolescentes en su casa de Moravia, más claramente tengo presentes los shows de talento de la Lincoln y el Saint Francis, a los que siempre íbamos juntos Cecil, Luis y yo.

Los papás de Cecil tenían una casa en la playa, en Limón, en ese Caribe del que siempre ha vivido enamorada mi tía Marjorie. Siempre me llevaban a pasar con ellos la Semana Santa o la última semana del año, a celebrar el 31 de diciembre con el sol naciente. Frecuentemente tío Rodolfo, tía Marjorie, Luis y María nos acompañaban. En alguna ocasión recuerdo que vino también Ligia, la prima grande, la hija mayor de tío Rodolfo, con su esposo y su hijo Giancarlo recién nacido, a quien me dejaron cuidando una tarde cuando se fueron a caminar por la playa mientras yo me acababa de leer los últimos capítulos de Ben Hur. Giancarlo hoy en día es más alto que yo.

Recuerdo a mi tío Rodolfo durante esos paseos a la playa. Fue en el veranillo de San Juan del año ’92, gracias a su paciencia y a sus deseos de enseñar que descubrí la maravillosa historia del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Mientras mis compañeros del colegio rebuscaban resúmenes que les permitieran aprobar los exámenes de décimo año sin necesidad de leer las más de mil páginas que narraban las aventuras del caballero de la triste figura, yo tuve el privilegio de pasar tardes enteras escuchando al Dr. Rodolfo Cerdas explicarme el genio de Cervantes y las mil razones por las cuales su obra es la más grande obra de la literatura española. De regreso en San José volví a la primera página del libro y lo devoré en cuestión de semanas, destornillada de la risa con las ocurrencias del Quijote y las angustias que le provocaba a Sancho Panza.

Fue también durante uno de esos paseos a la playa que mi tío Rodolfo me dio la lección más importante que cualquiera me ha dado sobre el uso del maquillaje. Tendría yo unos 14 años cuando llegué al comedor de la casa de la playa con la pintura de labios roja de mi mamá. Los adultos se sorprendieron, mis papás me regañaron. Tío Rodolfo simplemente me dijo “M’hijita, la pintura de labios se le ve bien porque Usted es muy bonita. Pero el punto no es que el maquillaje se sirva de Usted”. A los catorce años mi tío Rodolfo me enseñó la valiosa lección de maquillarme con naturalidad.

En alguna otra ocasión me acuerdo de haber escuchado a mi tío haciendo un brindis. “Di-s hizo al hombre y al vino para que estuvieran juntos. Di-s es todopoderoso: hágase su voluntad”. En la primera oportunidad me le acerqué y le dije cuánto me había gustado su ocurrencia. “Ah, pero la frase no es mía, sino de un folclorista argentino llamado Atahualpa Yupanqui”. Otro descubrimiento invaluable que me regalaba mi tío, esa voz cansada del Atahualpa que cantaba sin cesar “Pucha que es largo el camino, no sirvo pa’andar de a pie por eso ensillo caballo, para adornarme con él”. La poesía tan sencilla de Atahulpa Yupanqui me ha acompañado en este camino tan largo, como la montura del caballo, para adornarme con él.

Y es que mi tío Rodolfo era una enciclopedia viviente. No había tema en el que no fuera experto. En otra ocasión, acabé por comprar “Una Breve Historia del Universo”. Lo reconozco, me tomó varias semanas terminarlo, pero esa curiosidad por la cuántica física nació de una conversación sobre un tamal navideño. Recuerdo que estaba inmersa en esa lectura cuando tuve que hacer un viaje de trabajo a los Estados Unidos. El tipo sentado junto a mí en el avión no cabía de su asombro de que su compañera de viaje trajese a Stephen Hawkins como lectura de vuelo.

A tío Rodolfo le ponía atención hasta cuando no era mí a la que hablaba. En alguna ocasión durante uno de esos paseos a la casa de Limón, le sugirió a mi prima María que estudiara francés y portugués, pues según le indicó, si aprendía esos idiomas unidos al inglés que ya dominábamos podría comunicarse en todos los idiomas oficiales del continente americano: se abriría las puertas para trabajar en la región. El verano siguiente comencé mi primer curso de francés en la Alianza Francesa en Barrio Amón. Gracias a ello he trabajado en Madagascar, en Haití y en la República Democrática del Congo. El año pasado recibí mis primeras clases de portugués.

De los momentos más emocionantes cuando tuve la gran oportunidad de estudiar mi maestría en la Universidad de Oxford fue la ceremonia de matriculación. En algún momento la Decana de Matriculación nos señaló que por esa ceremonia habían pasado todos los alumnos de la Universidad, desde su fundación en el siglo XII. En ese momento entendí el significado de lo que hacíamos, pero lo que no me lograba sacar de la cabeza era la idea de que mi tío Rodolfo había pasado por una ceremonia similar, que él había recorrido esas calles, había enseñado en esas aulas. ¡Qué orgullo poder caminar por donde él ya había trazado camino!

La última vez que conversamos fue el 24 de diciembre de 2009. Tenía tres años de no verlo, tres años durante los cuales había viajado mucho y regresé entusiasmada con la idea de compartir con mis tíos las experiencias de los últimos años. Nos sentamos en la sala de su casa en Moravia, la misma casa de siempre, en la misma sala en la que me había sentado tantas veces ya, y comprendí que el recorrido de mi tío por el mundo era tridimensional. Claro, yo podía contarle de mis viajes por África, pero esa noche él me contó de su viaje por la historia. Lo escuché hablar sobre sus años en Rusia, sobre aquella noche en Georgia – pero no en la Georgia que yo visité en enero de 2008, sino una Georgia completamente distinta: en la Georgia soviética de los años ’70. Me dio una perspectiva sobre las causas de la corrupción tan arraigada en la Rusia de hoy que yo jamás hubiese podido entender con mi visión tan limitada por la edad. De Rusia pasó a Afganistán, a Europa, a los motivos por los cuales de pronto el lavado de activos – mi pan nuestro de todos los días – se había vuelto prioritario para la comunidad internacional. En una noche de tertulia, mi tío Rodolfo me puso en perspectiva toda mi profesión.

Durante los últimos días he leído cómo un país le dice adiós a un pensador que contribuyó a forjar su identidad nacional. Entiendo el duelo que vive mi país, la gran pérdida que sufrimos como colectividad. Y tío Rodolfo tal parece como que si ya lo venía presintiendo, con sus últimas columnas y su último llamado a la juventud costarricense en su reciente lección inaugural en la Universidad de Costa Rica. Sus últimos llamados fueron para pasarle la antorcha mi generación para que no se perdiera la lucha.

Sin embargo, para mí, el duelo es también individual. Yo perdí a uno de mis héroes, un ejemplo a seguir. Perdí a mi tío, el que me enseñó a querer a Cervantes.

*Master en normativa internacional sobre derechos humanos de la Universidad de Oxford (Inglaterra); investigadora del Banco Mundial.

Publicado en Just Golightly. A traveler’s take on life, el 19 de setiembre de 2011.



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