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En el podio, la Dra. Juany Guzmán, Directora del Centro de Investigación y Estudios Políticos. En la mesa: Armando Vargas Araya (quien leyó el texto del Dr. Rodolfo Cerdas), Alberto Cortés, Presidente del Consejo Universitario, y Luis Guillermo Solís.

Conferencia Magistral U.C.R. (71 Aniversario 1940-2011)

Costa Rica,

una identidad en juego

Invitación a la actividad.

Buenas tardes, señoras y señores.

No puedo menos que comenzar por dejar constancia de mi hondo agradecimiento al Consejo Universitario por su invitación; y a mi amigo Armando Vargas Araya, por asumir generosamente una tarea que si hubiese podido hacerlo, habría cumplido yo con el supremo de los gustos, por la calidad humana y profesional de quienes me invitaron, y de este auditorio.Es un gran honor para mí dirigirme a ustedes en este importante aniversario de nuestra querida casa de estudios. Lamento profundamente que por razones muy serias no me haya sido posible hacerme presente para cumplir la hermosa tarea de darles a conocer, de manera personal, mis más hondas preocupaciones, que abarcan no solo a la institución sino al futuro del país.

El sistema deviene disfuncional

Hace un tiempo se puso de moda entre la clase política la frase “vivimos un mundo de cambios”, que generalmente se repetía en boca de dirigentes, partidos y parlamentos, sin que fuera más que una nebulosa. Poco después, se pasó a decir que de lo que se trataba era de un cambio de época, sin que tampoco se comprendieran los alcances del nuevo concepto.

Pero en medio de la ceguera y la ignorancia políticas contemporáneas, un viejo topo venía cavando en las profundidades, hasta que logró desatar no solo la crisis del sistema capitalista mundial, en su aspecto de distribución y reparto de ganancias, sino la contradicción inédita de que el sistema devino disfuncional para la propia élite capitalista. Por eso, hemos tenido a grandes empresas quebradas, pidiendo la ayuda estatal a toda costa o ser asumidas por el Estado.

De ahí que mi enfoque no se limite a analizar aspectos coyunturales de la vida sociopolítica y cultural contemporánea, sino que los vincule con los cambios convulsos de guerra y paz, asociación y confrontación, declaraciones de un nuevo orden mundial y guerras abiertas para apoderarse de las materias primas, de cuyo uso racional dependerán sobre todo los perfiles de países como Costa Rica.

Una nación para tiempos duros

Ahora, el mundo se encuentra sumido en unanueva fase de la crisis financiera del 2008. Sus consecuencias no se hacen esperar y el desempleo y la pobreza tocan a la puerta de millones de ciudadanos del planeta.

En estos tiempos duros, se hace urgente una redefinición del concepto tradicional de nación, así como la defensa de la identidad nacional frente a los avances y presiones de un globalismo absorbente y avasallador.

Hay quienes creen que tenemos que globalizarnos sin importar ni el costo ni el cómo. Promueven de hecho malbaratar la riqueza nacional, reducir a mero folclor nuestra identidad y cultura, y ahondar la división entre unos pocos ricos y unos muchos pobres, con una clase media impotente y en proceso de ruina.

En el podio, la Dra. Juany Guzmán, Directora del Centro de Investigación y Estudios Políticos. En la mesa: Armando Vargas Araya (quien leyó el texto, a solicitud el Dr. Rodolfo Cerdas), Alberto Cortés, Director del Consejo Universitario, y Luis Guillermo Solís.

Este tipo de enfoque parece responder a intereses muy concretos, o a una explicable confusión. Porque una cosa es la globalización y otra, muy distinta, el globalismo. La primera es el proceso objetivo en que ya estamos insertos tan solo por vivir en este planeta. Una gran revolución científica y tecnológica, amén de otra socioeconómica y cultural, le sirven de fundamento. La segunda, el globalismo, es el principal enfoque ideológico neoconservador, que proclama lo mismo que el neoliberalismo.

El impacto de la globalización llegó al país en el peor momento, justo cuando estaba sometido a las más diversas tensiones y dificultades internas y externas, y se abocaba a la revisión radical de sus referentes históricosociales más significativos: desde el abandono cabal y necesario del que había sido el eje central definitorio de su concepto de nación y su identidad, hasta el peligro real de que lo que ha sido hasta hoy un exitoso proyecto país, acabe convertido en solo un pintoresco punto geográfico en el mapa, de mero interés turístico por sus paisajes y su indudable riqueza ecológica, ahora en proceso de deterioro por una sobreexplotación desorbitada.

Como si lo dicho no fuera bastante, a ello se le suman las fuertes tensiones que genera la creciente desigualdad social, el aumento de la pobreza y la marginación, así como la pauperización acelerada de los sectores medios, otrora firme sostén del régimen democrático. Y como los males no vienen solos, tampoco aquí terminan las dolencias. A todo lo anterior se aúna la aguda crisis del  sistema político, gracias a una inducida, paulatina y negativa metamorfosis de su democracia representativa en otra de carácter delegativo, sobre la base de un régimen presidencialista tan caduco como antidemocrático; de un poder legislativo tan impotente y paralizado como escasamente representativo; de una profunda crisis de liderazgo, de partidos y del sistema partidario mismo; y, en fin, de una bancarrota del Estado, cada vez más contrapuesto a la nación por sus crecientes perfiles plutocráticos, por la hegemonía social y política de múltiples y enriquecidas redes familiares que controlan y se reparten las estructuras de poder, y por la generalizada obsolescencia, disfuncionalidad y burocratización de su gestión pública.

Pensar con cabeza propia

En este contexto, resulta obvia la necesidad de que la globalización no sea abordada como un hecho económico puntual y aislado, sino desde una perspectiva más amplia y evolutiva: como un complejo proceso histórico, económico, tecnológico, social y cultural, que cerró el siglo XX y abrió el siglo XXI. Un dinámico fenómeno social que, visto en una perspectiva de larga duración, implica un cambio enraizado en el viejo sistema capitalista, pero ya no en su superada fase de libre competencia, sino en la del predominio del gran capital financiero y los grandes bancos y consorcios transnacionales.

Aquí, desde un ángulo puramente nacional, parece haber una lección que las dirigencias políticas criollas no deberían seguir negándose a reconocer, no obstante los resultados positivos que obtuvieron cada vez que aplicaron la enseñanza. Esta, tan simple como obvia, es que ya basta de imitar las experiencias y modelos gestados desde el exterior, en realidades distintas a la nuestra; que llegó el momento histórico para que los responsables políticos, económicos y jurídicos de cada nación, sin dejar de ser testigos y beneficiarios de lo que se crea en el mundo entero, tengan el valor de pensar con su propia cabeza, para ajustarse mejor a las condiciones de ese mundo y de su país, pero a partir de las particularidades y realidades de este. Tal ha sido el mejor camino costarricense hacia el desarrollo.

En el pasado, fue ese el que siguieron los liberales del siglo XIX, cuando transformaron la educación y el Estado, creando unas condiciones excelentes que aún hoy nos dan pie para sostenernos. Fue, asimismo, el que tomaron los calderocomunistas de los años cuarenta, gestores de la gran reforma social; y diez años más tarde, el que adoptaron José Figueres Ferrer y el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales para la modernización del país. Como dice el Consenso de Brasilia, “sin ignorar la globalización, pero sin someterse a ella, nuestros pueblos tienen ante sí la tarea de gobernarla”. Por eso se necesita “un nuevo pacto de gobernabilidad global”, que “debe incluir un nuevo contrato moral por la paz, y un nuevo pacto que haga equitativos los flujos económicos internacionales, controle la especulación financiera y democratice las comunicaciones, para construir un orden de desarrollo compartido que libere a la humanidad de las ruinas sociales de la pobreza y la desigualdad”.

Una nueva democracia

En suma, se trata de construir una nueva democracia: justa en lo social, equilibrada en lo económico y lo político, igualitaria en las oportunidades, participativa y no solo políticamente representativa; con controles efectivos, con rendición cabal de cuentas y con mecanismos para exigir responsabilidades; solidaria a nivel nacional y a escala internacional con las causas en las cuales está en juego el futuro de la humanidad y del planeta. Es una tarea histórica que va mucho más allá de la gestión de cualquier iluminado o de dirigencias políticas, tecnocráticas o estatales burocratizadas; menos aún de élites corruptas, cortoplacistas y divorciadas del pueblo. Se trata de una amplia misión histórica, capaz de poner a la nación en condiciones de comprender a plenitud el significado y los alcances de la nueva realidad que nos ha traído la globalización; pero capaz, asimismo, de preservar y fortalecer su identidad, en plena concordancia con la aspiración legítima de hallar su propio camino y afrontar la tarea necesaria y difícil de gobernar esa globalización en beneficio de la nación. Esta democratización pasa por el desarrollo de un nuevo tipo de relaciones internacionales inexistente hoy, aunque quizá en germen, por el cual debe lucharse a nivel mundial y también al interior de nuestra sociedad, tan inevitablemente imbricada por múltiples lazos de interés y cultura con ese mundo globalizado.

Únicamente de ese modo nuestro país no se convertirá en un espacio territorial y humano solo bueno para turistas, donde campeen la acción avasalladora e incontrolada de las grandes empresas transnacionales y los principales ejes mundiales de poder.

Nuestra identidad está en juego

Esta es una hora de inflexión en la que está en juego la identidad nacional. De allí que el conflicto político sea menos entre liberales y estatistas, que entre conservadores globalizantes y nacional reformistas; lo cual crea espacios nuevos para una eventual recomposición política, a la que aún no parecen haber llegado los actores principales. El problema es cómo gobernar la globalización tal y como se nos presenta, no para beneficiar a trashumantes transnacionales y poderosos grupos financieros, sino a la nación en su totalidad, preservando y fortaleciendo su independencia e identidad.

Pergamino otorgado al Dr. Rodolfo Cerdas por el Centro de Investigación y Estudios Políticos de la U.C.R., y entregado por su directora, la Dra. Juany Guzmán.

Quien diga que lo resolverá, sin entender la hondura de esta bifurcación histórica, podrá tener la mejor de las intenciones, pero su solución será incapaz de detener el deterioro y la erosión crecientes de nuestra nacionalidad y democracia.

Hoy, la vida nos demuestra con la segunda crisis financiera y económica, cómo los organismos internacionales supuestamente al servicio de toda las sociedad, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, han resultado destrozando derechos sociales, rebajando sin consideración salarios y pensiones, creando un desempleo galopante para pagarle a financistas y banqueros los desastres en que incurrieron, y que en vez de cubrirlos ellos, como correspondía, se los trasladan a pueblos al borde del hambre, gracias a  políticos de variadas banderas ideológicas que trabajan  a su servicio. Los ejemplos de Grecia, Portugal, España y otros, testimonian esta nefasta situación.

En Costa Rica, como si fueran verdades absolutas adoptamos diversos programas de reforma impuestos desde el exterior, que el pensamiento único presentaba como inobjetables y salvadores. Luego nos llegaron los dogmas del Consenso de Washington: la liberalización, la privatización y la austeridad fiscal a toda costa.

Por eso es significativo que Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía y exjefe de economistas del Banco Mundial, fuera quien nos revelara cómo los PAEs fracasaron y más bien causaron hambre y disturbios en todas partes; cómo favorecieron a los más ricos y hundieron en mayor miseria a los pobres; cómo la liberación comercial, unida a altos tipos de interés, aumentó el desempleo e incrementó la pobreza; cómo la privatización, sin eficaces garantías de competencia y vigilancia para evitar nuevos monopolios privados, acreció el precio de los bienes y servicios; y cómo una austeridad fiscal a toda costa solo aumentó el paro, agravó el descontento y causó más pobreza y grave caos social y político.

Las recetas “talla única” del Fondo Monetario, declaró Stiglitz, empeoraron los males que buscaban resolver y

demostraron que no hay que copiar servilmente eslóganes económicos. Esto hace legítimo preguntarse si nuestros economistas y políticos han aprendido estas lecciones o si siguen copiando las recetas que les envían estos adoradores del becerro de oro. Es hora de hacer una crítica rigurosa a estas experiencias desde una óptica propia, que nos permita adoptar políticas realmente acordes con el interés nacional y no con el de la llamada “comunidad financiera mundial” que, como reveló Stiglitz, el Fondo Monetario representa.

En Costa Rica, ya en el siglo antepasado, sus principales dirigentes osaron pensar por sí mismos y no claudicaron ante la imposición foránea. Así fue como construyeron una nación excepcional, democrática, próspera e independiente, de la cual hemos estado legítimamente orgullosos.

La virtud capitalista es transformar la sociedad que toca. Donde había teología, introdujo ciencia; donde ruecas, telares; donde artesanía, fábricas; y donde agricultura de familia, competencia de mercado. De allí que solo sobrevivan los competitivos y grandes, que no haya “pobrecitos” y que cada cual se salve como pueda.

La política actual expresa los cambios producidos en la sociedad nacional. La Costa Rica bucólica se disolvió en un capitalismo desordenado, voraz y dependiente, en el que los antiguos valores ya no rigen y los nuevos aún no se terminan de aceptar. Se ha dado a luz un nuevo país que tiene poco en común con el anterior, salvo su nombre y algunos rituales y mitos cada vez más irrelevantes.

La base social y humana tica se transformó sin posibilidad de retorno. La vieja estructura piramidal, con peones y obreros abajo, y grandes comerciantes, cafetaleros, beneficiadores y exportadores arriba, más los sectores medios en el centro, fue sustituida por una formación compleja y diferenciada, que tiene su propia escala de valores, muy distinta a la que perfiló la vieja Costa Rica. Los servicios, la actividad profesional y técnica, se mezclan hoy con los desarrolladores, los neoexportadores, el turismo, los grandes bufetes y las empresas de negocios e inversiones.

En tanto, la Academia, que ha sido, es y debe continuar siendo, de manera fortalecida, una verdadera mina en el desarrollo de profesionales, pensadores, técnicos y científicos, orgullo no solo del país sino del continente, se ve sitiada por el peligro de convertirse en formadora de tecnócratas, alejados de la cultura o absorbidos por un medio social disolvente y deshumanizado.

El camino costarricense debe ser viable

Pero la globalización es dinámica y contradictoria, tiene sus tendencias y contratendencias, sus efectos positivos y negativos. La sociedad no es, como suponen algunos, una tabla rasa donde los organismos multinacionales, por ejemplo, pueden escribir lo que deseen. Las resistencias al cambio o la canalización de este según los intereses y condiciones de distintos sectores y grupos sociales, influirá en sus manifestaciones finales. Mucho dependerá de la acción de los propios seres humanos y de las distintas sociedades, el que predominen unos y no otros aspectos del proceso. De allí que la globalización no produzca los mismos resultados, ni se manifieste de igual modo, en realidades sociales y políticas diferentes, sea donde predominan el autoritarismo y la marginalidad, o donde hay democracia y apertura sociales, o en el impacto que producen ciertos hechos en un país desarrollado o en otro geográficamente remoto, en el que  reina un atraso secular. Un ejemplo tomado de la vida real es la mejor constatación de esto que les digo. En el informe del general canadiense Romeo Dallaire, titulado “Estrechando la mano del diablo”, se relatan los crímenes espantosos que tenían lugar en la guerra entre hutus y tutsis. Justo cuando en Bicsesero, después de tres meses de defenderse solos y a vista y paciencia de las impotentes y paralizadas tropas de la ONU (cuyos soldados oían “Stomping” de John Connors, mientras a unos cientos de metros se escuchaban los bombardeos), y eran masacradas entre sesenta y setenta mil personas, las cámaras de los noticiarios internacionales concentraban toda su atención en los movimientos del carro de O. J. Simpson y lo que este haría o no respecto al crimen que se le atribuyó, sin mostrar la menor preocupación sobre el horrible destino de aquellos otros miles de personas que en ese preciso instante, morían ante la mirada impotente de los Cascos Azules.

Es que el sistema se ha mostrado ya como la mayor amenaza para nuestra especie: porque destroza al ser humano, desperdicia las riquezas naturales y los esfuerzos productivos y, sobre todo, el equilibrio ecológico.

En suma, como resulta de los cambios comentados, la globalización y sus decisivas dimensiones económicas, financieras, sociales y políticas, han impactado a la sociedad como un todo, lo cual incluye de manera destacada a los individuos en cuanto tales, con sus perspectivas y sensibilidades psicosociales concretas, desde un ángulo puramente personal y en sus dimensiones específicamente individuales; o como ciudadano, con preocupaciones sociopolíticas determinadas y sus demandas frente al Estado y la sociedad. La desaparición del viejo mundo conocido, con sus certezas y frustraciones, y la emergencia de un mundo nuevo, aún por conocer y lleno de incertidumbres y cuestiones sin respuesta -en el que, además, los conocimientos, profesiones y oficios, las certezas y los paradigmas tradicionales, han caducado-, genera un planeta en vías de transformación, pero también una aguda crisis psicológica y social, que afecta en profundidad al individuo, la sociedad y las identidades nacionales.

Por todo ello, dentro de esas asimetrías, contradicciones y disparidades, parece haber llegado la hora de que naciones pequeñas, con las potencialidades humanas y culturales de Costa Rica, solo tengan futuro si emerge y se consolida una élite decente, como la que ayudó a construir esta patria que tenemos.

De ahí la necesidad y urgencia, no solo de aprender a gobernar la globalización sino, como decía don Ricardo Jiménez, de saber cómo reencontrar el camino costarricense del desarrollo, en libertad y con equidad.

He ahí la encrucijada que marca nuestro futuro.

Muchas gracias.

Ciudad Universitaria Rodrigo Facio, 26 de agosto de 2011.

 

Análisis de coyuntura

Religión y política: una ruta peligrosa

Cuando algo ha funcionado bien, mejor no cambiarlo. Y aquí, desde que se terminó la mezcla explosiva entre Estado e iglesia, política y religión (que agrió la vida nacional), las relaciones en la vida social fueron mucho más fluidas, tranquilas y hasta altamente positivas.

Lic. Ricardo Jiménez Oreamuno

Herencia liberal e histeria clerical

Quizá una de las mejores herencias liberales, sobre todo la de don Ricardo (cuya genial obra El Colegio de Cartago, debería ser lectura obligatoria hoy día), fue la de mantener y fortalecer ese equilibrio, sin concesiones a los intentos de introducir por la ventana lo que había sido sacado por la puerta.

No obstante, incontables son los momentos en que la rueda de la historia se intentó echar atrás, como ocurrió con la histeria clerical herediana contra la enseñanza de “las teorías del mono” de Darwin, que se extendió como la pólvora a otras ciudadades, infectando con su intolerancia, ignorancia y mala fe, los esfuerzos por modernizar la enseñanza de la biología y la historia. No menos grave fue la denuncia fallida hecha por Monseñor Odio, en el sentido de que la propagación de las “sectas protestantes” en América Latina, eran una forma más de la penetración comunista en el continente.

En Costa Rica la Iglesia jamás ha estado silenciada. Cuando algo así se insinúa, la realidad es que se está reclamando contra el no silenciamiento de sus críticos y adversarios.

Iglesia y política

En todas las campañas electorales la Iglesia, como tal, ha jugado su papel y hasta bien claro en favor de unos y en contra de otros. No por nada a un ilustre prelado se le asociaba directamente con Daniel Oduber y el PLN; y fueron innumerables las veces en que, en el clima de la Guerra Fría, públicamente se condenó a varios partidos por ser sospechosos de comunistas o socialistas.  Sin embargo, debe reconocerse que, incluso en el sórdido ambiente de esa guerra fría, la iglesia costarricense actuó con cierta prudencia y comedimiento, sin alimentar intolerancias como las que sí buscó engordar el padre Minor y que hoy, lamentablemente, empieza a impulsar Monseñor Ulloa.

Desde luego, la histeria fanática se da en todas partes. Pero la religiosa es avasalladora y destructiva al extremo, porque se nutre no solo de la ignorancia y miedo de las buenas gentes, sino que arrastra a su hoguera incluso a intelectuales y personas de gran valía y excelente formación académica. Algunos de estos, cuando se robaron a la Virgen de los Ángeles, no dudaron en acusar a Manuel Mora de ser el ladrón y empezaron a atojar a la gente para que se vinieran a cobrárselo a su casa en San José. Dichosamente, la Virgen apareció antes de que se consumara la fanática infamia.

Escasean los ángeles

San Miguel Arcángel, "Príncipe de la Milicia Celestial".

Es natural que con los mecanismos psicológicos que subyacen en el hecho religioso, el fanatismo encuentre el terreno más fértil para crecer y la pasión ciega el mejor clima para manifestarse. No por nada los medios e instrumentos con que cuentan la religión y el clero para manipular al creyente son insuperables. Se trata, nada menos, que de la vida eterna, las llaves del Reino y el fuego eterno y líquido del infierno.

En la época colonial, a quienes no tenían un título nobiliario para ocupar puestos y asegurarse así unas buenas rentas, solo les quedaban dos caminos para salir del anonimato y la miseria: la Iglesia o el Ejército. Hoy se supone que su integración vocacional ha mejorado, aunque ha disminuido porque cada vez menos jóvenes quieren ser sacerdotes. Pero esto no niega el hecho incontestable de que, como en el caso de la pederastia, el clero sigue compuesto por seres humanos entre los que hay toda clase de fortalezas y debilidades, que es imposible ignorar atribuyéndoles acríticamente, una condición angelical que nadie tiene en el planeta.

Este hecho, de que en la realidad concreta, sus miembros sean seres humanos con todas las debilidades, intereses personales, tentaciones y faltas conocidos; y que ante los creyentes los sacerdotes tengan una relación privilegiada con Dios, el perdón de los pecados, el bautismo y los Santos Óleos, hace de ellos miembros especiales de la comunidad que no deben participar en la política electoral, porque de entrada convierten en rebaño –por algo se llaman a sí mismos pastores- a un electorado que debe ser crítico, independiente y centrado en los problemas básicos de la comunidad.

Subordinados al Vaticano

El Vaticano

Además, en el caso de la Iglesia Católica hay un factor político adicional. Jerárquica y disciplinariamente sus miembros están subordinados al Papa de Roma, un jefe de Estado independiente, que en tiempos idos tuvo tropas e impuso su poder a sangre, fuego y cuchillo. Las órdenes que del Vaticano emanen, en un sentido o en otro, deben ser acatadas disciplinadamente por todo el clero católico, sin espacio a rebeldía alguna.

Ya en el pasado hubo la experiencia de que, en atención a las necesidades vaticanas, se organizaron y disolvieron partidos “católicos” y se chalaneó con feroces dictaduras. Son indicadores de esta dimensión política y estatal única del clero en sí: Austria y Alemania en tiempos de Hitler; Italia bajo Mussolinni; y España bajo Franco (para no mencionar a los curas que echaban agua bendita sobre los jóvenes que los militares argentinos iban a lanzar a las heladas aguas del Antártico). Por eso es que hay cargos en la estructura del Estado –Presidente, Magistrados, etc.- que, para ejercerlos, se exige ser del estado seglar, es decir, no ser sacerdote. Es este un aspecto también decisivo a tomar en cuenta para que, con todo lo anterior, no se permita que se derogue la prohibición constitucional de hacer propaganda política invocando motivos de religión.

Nuncio del Vaticano, Gaetano Cicognani, con el General Franco, quien contó con el apoyo entusiasta de la Iglesia Católca.

Norma es para todos

Es importante recordar que la norma constitucional que se le aplicó a Monseñor Ulloa por el TSE, incluye también a los seglares y no solo a los sacerdotes. Es para todos y no implica, en absoluto, un problema de libertad de expresión. El hecho de que hasta ahora haya habido una notoria e inexcusable lenidad por parte del TSE en aplicárselo a los partidos llamados cristianos, no quita un ápice a la bondad de la prohibición. No solo no hay que quitarla, sino hay que extenderla a los pastores protestantes y aplicársela efectivamente a todos por igual.

Que la prohibición debe aplicarse a los pastores de otros credos, contrariamente a lo que sostienen ciertos liberales de camándula y agua bendita -¿dónde estais Castro Madriz y Ricardo Jiménez?-, nos lo evidencian los Zacarías sexuales y financieros, tan atraídos por el sexo y la avidez por el dinero, que ha mostrado hasta dónde puede llegar la hipocresía y el engaño de estos televangelistas milagreros y de chequera. Nadie les niega su derecho a buscar hacer dinero. Pero que no lo hagan invocando versículos de la Biblia ni fabricando milagros de ocasión, para admiración de bobos.

Manejos oscuros

Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano.

Por lo demás, nada de esto es muy distinto a aquellos sacerdotes que han resultado abusadores de niños (dejad que los niños vengan a mi; y el que hiciere daño a un niño…) y desde luego de la fe de sus padres, que confiaron en esos sacerdotes como supuestos representantes de Dios en la Tierra. Tampoco se quedan atrás los manejos del más alto clero en el Banco Ambrosiano, donde resultó “suicidado”, en el arco de un puente en la ciudad de Londres, el muy piadoso signore Roberto Calvi; en tanto el Arzobispo Paul. C. Marcinkus, más conocido como “el banquero de Dios”, y su colega en maniobras financieras y asuntos de dineros perdidos de la mafia, eludía la justicia italiana autoexiliándose bajo la protección y el alero de la Ciudad Santa. Y dejo a SAMA por fuera, porque aún no se ha aclarado plenamente de qué se trató realmente la operación.

Edificio del Banco Ambrosiano.

Fanatismo religioso y político no deben unirse

Esta dimensión de vínculos estatales externos, de condición humana débil y falaz, capaz de todas las miserias y extremismos, no importa la posición que ocupemos, hace necesario, más que conveniente, dejar la prohibición Constitucional tal y como está. Acéptese el fallo del TSE e inclúyase en su aplicación a los demás pastores protestantes, si no como tales, porque la norma no lo dice, al menos como seglares a quienes sí incluye claramente la prohibición de invocar motivos religiosos para hacer propaganda polìtico-electoral. Así habrá paz y respeto para todos y evitaremos la conjunción del fanatismo religioso, al estilo que ya hemos experimentado en el tristemente famoso “tv.mainor”, con el fanatismo político que, con toda facilidad, se puede confundir con la Doce y la Ultra. De ambos, líbranos Señor.

Monseñor Víctor Manuel Sanabria

Si, por el contrario, se deja que se mezclen curas y pastores con la ya nada límpida política electoral, usando como argumentos la excomunión, el perdón de los pecados, la pérdida o el gane de la vida eterna y el Reino de Dios, adosados con citas de la Biblia y el castigo del Infierno, no hay la menor duda de que se estará retrocediendo a los peores momentos de los conflictos religiosos y al uso del poder político para dirimir querellas teológicas y no los problemas sociales y económicos de la nación.

Preguntado una vez Monseñor Sanabria adónde se ubicaba la Iglesia en el espectro político, respondió que no estaba ni a la izquierda, ni a la derecha, ni al centro, sino por encima de todo eso. Quizá pensaba, como el Nazareno, que “Mi Reino no es de este mundo”. Pero aún así y justamente por ello, contribuyó decisivamente a la reforma social y a la paz de Costa Rica.

San José, mayo del 2002