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¿Tratado de Seguridad o ruta peligrosa?


Cada vez que se plantea el resguardo de nuestras conquistas democráticas frente a los embates abiertos u ocultos del autoritarismo político centroamericano, saltan voces acusadoras de un supuesto “narcisismo tico”, “menosprecio a los vecinos” y “xenofobia”. Pero cuando se reclama respeto a los derechos humanos de esos pueblos sojuzgados por tantos años y a las garantías civiles, sociales, culturales y ecológicas a que tienen derecho, quienes antes parecían ser centroamericanistas y solidarios, recurren a las más sucias y melladas armas del anticomunismo de la Guerra Fría para oponerse.

Aprender de la historia: hechos, no palabras

Recientemente, alguien invocó en la prensa la hermandad de 1856 en la lucha contra Walker, para justificar el contubernio con los militares que supone el Tratado de Seguridad Centroamericano. Olvidan que, ya entonces, los compromisos de los militares centroamericanos de combatir juntos al filibustero no se cumplieron y Costa Rica tuvo que asumir la tarea casi sola. Ya esta amarga experiencia debería ser suficiente para no olvidar jamás, que la retórica no sustituye a la realidad y que no hay nada más terco que los hechos. Por eso, cuando en el Tratado de Seguridad Centroamericana se proclaman los más hermosos principios, valores y fines civilistas y democráticos; y cuando los militares los suscriben y aplauden y hasta dicen comprometerse con ellos, hay que poner la atención y examinar, más que lo que se dice –el papel aguanta lo que se escriba-, cuál es la dura realidad de las cosas y la conducta real que se practica.

Lamentablemente, como esta realidad es cruel y es dura, algunos optan por creer, como niña ingenua, lo que les dicen y no lo que ven. Así, no es que los engañan, sino que se dejan engañar o se autoengañan. Lo malo es que después, dada su ubicación de en el Estado, nos tratan de engañar a todos.

Sin embargo, como bien nos recuerda el sencillo lema de “hechos, no palabras”, no es la hueca retórica unionista la que puede ocultar la realidad. Basta poner atención al bellísimo himno de esa crucificada nación que nos dice: “Guatemala, feliz que tus aras, no profane jamás el verdugo”, (¿y los 200 mil muertos civiles fusilados y desaparecidos?), ni haya esclavos que laman el yugo (¿y la nación maya, casi un 60% de la población, ¿cómo ha vivido desde la conquista hasta hoy?); ni tiranos que escupan su faz (¿y que fueron sus gobernantes desde Carreras a Ríos Montt y de Ubico a Romeo Lucas y Arana?). No es ninguna casualidad que Fray Bartolomé de las Casas viviera en Guatemala y que fuera desde allí y sobre lo que sus ojos veían, que hiciera sus denuncias en favor de los indios. Y del todo natural, también, es que fueran los brutales encomenderos guatemaltecos –fundadores de las principales familias que detentan aun el poder- los que acusaran al fraile ante el Rey de España, como un “clérigo mentiroso, traidor y falaz”.

Realidad centroamericana actual y pifia presidencial tica

Hoy no es Fray Bartolomé de las Casas, sino el CICIG de la ONU (Comisión de Investigación contra la impunidad en Guatemala), el que denuncia que “magistrados, altos funcionarios, líderes políticos y destacados jefes policiales están en la planilla de narcotraficantes y mafias”, para las cuales trabajan a plena conciencia. En Honduras, Human Rights ha denunciado las reiteradas violaciones a los derechos humanos y Reporteros sin Fronteras ha reclamado contra el ataque sistemático e impune contra los periodistas y la libertad de información, que ya contabiliza seis asesinados.

En Nicaragua, con una Corte de Justicia al servicio del poder de Ortega, la corrupción de Alemán y Cía., quedó legalizada y legitimada la corrupción, por el precio político de una reelección y el costo histórico de la desarticulación de lo poco que se había avanzado en la construcción de un Estado de derecho en el país. De allí que no extrañe que este se haya ido convirtiendo en suplidero y vía de tránsito de armas, personas y drogas.

El Salvador, a su vez, hundido entre sus maras, con un gobierno frágil y en contradicciones con el partido que lo llevó al poder, no existe mayor espacio que no sea para ocuparse de ellas. Por eso, a la fecha, no han podido examinarse ya no los miles de crímenes y desapariciones de los años setentas y ochentas, sino ni siquiera los brutales asesinatos de Monseñor Romero y de los padres jesuitas, que tantos reclamos generas en la comunidad internacional. Claro: la razón es sencilla. Se trata de que los hilos de estas muertes conducen a los más altos sitiales políticos, económicos y sociales, donde siguen bien incrustados quienes los ordenaron o contribuyeron a ellos. Son indviduos muy influyentes en el partido ARENA o en el PCN, que ocupan posiciones de poder tanto en el Ejército, la policía y el Congreso, como en la Corte y en la administración pública.

Pero ahora resulta que, no obstante esa terca realidad, en Costa Rica, para recibir unos dólares más de “ayuda exterior”, y diz que más información y cooperación de los vecinos, el nuevo gobierno decide gestionar la ratificación de ese Tratado de Seguridad Centroamericana, que nos metería de cabeza en una entidad policíaco-militar que, en cuanto encargada de la seguridad, está destinada a ser controlada por los ejércitos del istmo.

Estos, habilidosos como son, no han vacilado en crear otro ente paralelo, al margen del Tratado, para coordinar sus acciones, el cual, a diferencia de la reunión de Cancilleres que no marcha, funciona con toda periocidad y muy claros objetivos. Es lo que ellos llamaron la Conferencia de Jefes de Estado Mayor de la región, que por su propia naturaleza e inserción en la estructura de poder de cada país, está diseñada para decidir, mandar y ejecutar.

Lo más grave: un nuevo CONDECA en perspectiva

Sin embargo, lo más grave, quizás, es que esto forma parte de un cuadro más complejo y peligroso. Los ejércitos, al quedarse sin misión y sin razón de ser, han venido buscado desesperadamente asumir tareas que son propiamente civiles. Han reclamado, y lo han ido logrando, ser ellos los encargados del combate contra el narcotráfico; pero quieren también asumir la lucha contra el crimen organizado en general, la defensa de la ecología, la prevención y atención de los desastres naturales y, desde luego, el combate al terrorismo.

El Tratado, que rechazó Arias y ahora defiende doña Laura, abre justemente todo ese espacio para los milicos y debilita así la dimensión preponderantemente civil que deben tener estas tareas. Lo cual anuncia una extensión, desde ya, de la corrupción, no solo a tribunales, policías y funcionarios de aduanas y administrativos, sino a las cúpulas militares de toda la región.

Como si esto no fuera suficiente para preocupar a los demócratas responsables, se le viene a sumar un objetivo político que ha sido promovido y alentado directamente por los EEUU para toda la región. Es un proyecto de larga data, que no solo se plantea ahora sino que viene desde mucho tiempo atrás: un CONDECA para Centroamérica.

Pero como el CONDECA se desprestigió rápidamente y devino una cueva de golpistas (contra Vinicio Cerezo y otros presidentes más), ahora se pretende crear una fuerza militar regional de acción inmediata, que tendría la facultad de intervenir en todo el istmo cada vez que la situación lo requiera.

En otras palabras, esto significa que Costa Rica, de ratificarse el Tratado de Seguridad regional, estaría dando paso a una política no declarada aún, pero sí lanzada a los cuatro vientos, como globo de ensayo, en la prensa internacional, que subordinaría su soberanía, de hecho y de palabra, a una fuerza militar centroamericana. No tendríamos ejército, pero otros sí nos lo tendrían listo para cuando ellos lo crean necesario.

Lo más grave es que una vez iniciado este camino, con la formalidad de un Tratado, no hay retorno, sobre todo por el apoyo decidido que puede esperarse en favor de esta retrógrada iniciativa, por parte de los EEUU, uno de sus promotores. Pretextos para intervenir sobrarán y, de seguro, hasta traidores criollos que aplaudan la idea de tener a mano salvadores militares regionales.

Naturalmente, los EEUU están en lo suyo: proteger el lado Sur de la frontera mexicana y tener una fuerza operativa contra el narco que opere en toda la región, sin las molestias que origina la existencia de cinco republiquetas bananeras. Pero nosotros los costarricenses debemos estar en lo nuestro. No debemos comulgar con ruedas de molino. Aquí no se juega la victoria contra el narco, sino el inicio de un camino que conduce a la pérdida de soberanía, aniquilación de la democracia y sustitución del Estado de derecho por un sistema policíaco abierto a la intervención foránea.

Eso es lo que está en juego con la decisión de doña Laura de querer ratificar el Tratado de Seguridad regional. Todo lo demás es palabrería. Y el que eso se haya hecho, según confesión misma de la Presidenta, por unos cuantos dólares más, hace doblemente humillante tal entrega de dignidad nacional y tal sacrificio, a mediano y largo plazo, de la seguridad democrática costarricense.

San José, mayo del 2010